Las estaciones siempre me recuerdan que aún puedo elegir

Las estaciones siempre me recuerdan que aún puedo elegir

Hay lugares que parecen construidos para recordarnos que el mundo es mucho más grande que nuestra rutina.

Para mí, ese lugar es una estación.

No importa si es de tren, de autobús o un aeropuerto. Siempre ocurre lo mismo. Me siento unos minutos, pido un café, observo… y algo dentro de mí despierta.

Miro los paneles de salidas. Las mochilas. Las despedidas. Los abrazos. Las miradas nerviosas. La emoción de quien está a punto de empezar algo nuevo.

Y entonces siento esa pregunta silenciosa que parece flotar en el aire.

¿Te vienes?

Las estaciones tienen algo mágico. Nadie está allí para quedarse. Todo el mundo está en movimiento. Todos llevan una historia. Un destino. Una ilusión. Una posibilidad.

Es como si durante unas horas el mundo dejara de parecer inmenso y empezara a parecer alcanzable.

Hay personas que parten para cumplir un sueño.

Otras vuelven a casa.

Y otras, simplemente, han decidido moverse.

Quizá por eso me hacen sentir tan libre.

Porque me recuerdan que la vida nunca está completamente escrita.

Que siempre existe un próximo tren.

Una próxima salida.

Un próximo comienzo.

A veces esa parte nómada que llevo dentro se conforma con observar a quienes sí dieron el paso.

Y, curiosamente, eso también inspira.

Porque cada mochila que veo pasar me recuerda que vivir de otra manera no es una fantasía. Es una decisión que alguien, en algún momento, tomó.

Si algún día sientes que la rutina pesa demasiado, haz un pequeño viaje sin moverte demasiado lejos.

Ve a una estación.

Llévate un termo de café.

Una libreta.

Un bolígrafo.

Pon la música que siempre consigue abrirte el pecho.

Y observa con los ojos muy abiertos.

Quizá no cojas ningún tren.

Pero puede que vuelvas a casa con algo mucho más importante.

Las ganas de construir una vida de la que nunca quieras escapar.

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